Traducirnos

A partir de un poema del escritor inglés Philip Larkin, el autor de esta nota afirma: “Para traducir un texto de manera satisfactoria hace falta desearlo”.

Recuerdo, traduzco a mi amado Larkin: “La noche no ha dejado nada más que mostrar:/ ni la vela ni el vino que dejamos a medias,/ ni el placer de tocarse;/ solamente este signo de tu vida/ caminando por dentro de la mía”.

Amor y traducción se parecen en su gramática. Querer a alguien implica transformar sus palabras en las nuestras. Esforzarnos en entender a la otra persona e, inevitablemente, malinterpretarla. Construir un precario lenguaje en común. Para traducir un texto de manera satisfactoria hace falta desearlo. Codiciar su sentido. Cierta necesidad de poseer su voz. En ese diálogo que alterna rutina y fascinación, conocimiento previo y aprendizaje en marcha, ambas partes terminan modificadas.

El amante se mira en la persona amada buscando semejanzas en las diferencias. Cada pequeño hallazgo queda incorporado al vocabulario compartido. Aunque, por mucho que intente capturar el idioma del otro, lo que al final recibe es una lección acerca del idioma propio. Así de seductora y refractaria es su convivencia. Quien traduce se acerca a una presencia extraña en la cual, de alguna forma, se ha reconocido. El texto le presenta un misterio parcialmente indescifrable y, al mismo tiempo, una suerte de familiaridad esencial. Como si traductor y texto ya hubieran hablado antes de encontrarse.

Traductores y amantes desarrollan una susceptibilidad casi maníaca. Dudan de cada palabra, cada gesto, cada insinuación que surge enfrente. Sospechan celosamente de cuanto escuchan: ¿qué habrá querido decirme en realidad? Amando y traduciendo, la intención del otro se topa con el límite de mi experiencia. Yo me leo leyéndote. Te escucho en la medida en que sepas hablarme. Pero, si digo algo, es porque me has hablado. Dependo de tu palabra y tu palabra me necesita. Se salva en mis aciertos, sobrevive a mis errores. Para que esto funcione, tenemos que admitir los obstáculos: no vamos a poder leernos literalmente. Voy a manipularte con mi mejor voluntad. Lo que no se negocia es la emoción.

POR ANDRES NEUMAN

Fuente: http://www.revistaenie.clarin.com/literatura/Philip-Larkin-traduccion-gramatica_0_719928019.html

 

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La palabra “presidenta”, dos siglos de vida y resistencia

Por Zazil-Ha Troncoso

Desde hace más de dos siglos que la palabra presidenta existe en el Diccionario y el debate sobre si debe usarse o no ese vocablo para referirse a la jefa de un Estado es pan de todos los días.

Presidenta se incorporó al Diccionario en 1803 como “la mujer del presidente”, asociación que mucho se usaba antaño, y como “la que manda y preside en alguna comunidad”.

La palabra de la que deriva, presidente, llegó al Diccionario obviamente mucho tiempo atrás, en 1737, como “el que preside, manda y prefiere a otros”, y “el que es cabeza o superior de algún Consejo, Tribunal o Junta”, entre otras acepciones.

Claro que la situación por la que el uso de la palabra causa actualmente tanto escozor, el de jefa de un Estado, en ese tiempo ni siquiera estaba contemplada ya no digamos para ellas; para ninguno de los dos géneros.

Lógico: eran los tiempos de la Colonia, cuando las máximas autoridades eran los reyes y los virreyes.

A partir de 1808 se desató el furor independentista de la mayoría de los países colonizados por España, aunque la figura de presidente, tal como la conocemos ahora, llegaría unos años más tarde.

La transición incluyó un breve paso por triunviratos, regencias, juntas de gobierno, direcciones supremas… Y algunas de esas figuras estaban presididas por una persona, a la que naturalmente se le llamó presidente.

Era el modo en que se entendía la palabra en ese tiempo, y sobra decir que su uso se extendió también para referirse a quienes encabezaban los nacientes poderes ejecutivos.

Pasó más de medio siglo para que la Real Academia Española reconociera la nueva acepción de presidente en un complemento del Diccionario de 1884, donde expresamente se incorporó como “funcionario que en las repúblicas ejerce el supremo poder ejecutivo”.

También ese año hubo un cambio en la acepción de presidenta: de ser “la que manda y preside en una comunidad” pasó a simplemente “la que preside”. Y seguía siendo, como a la fecha, “la mujer del presidente”, con la diferencia de que ahora se considera coloquial ese uso.

Para 1936 cambió otra vez la acepción de presidente: “En las Repúblicas, el jefe electivo del Estado; normalmente por un plazo fijo, y responsable. Puede serlo también del poder ejecutivo cuando el régimen es presidencialista”.

La definición persistió, palabras más, palabras menos, hasta el Diccionario de 1992. Pero se produjo un cambio significativo en la definición de presidenta, que en las ediciones anteriores siempre fue, en esencia, la misma que casi dos siglos atrás.

Ese año, la Academia le agregó a presidenta la acepción de “presidente, cabeza de un gobierno, consejo, tribunal, junta, sociedad, etc.”, y la que nos atañe, la de “presidente, jefa del Estado”. Hasta ahora es así.

Entonces, ¿forzosamente se debe decir presidenta? La respuesta es: dilo como quieras. Sea la presidenta o la presidente, ambas son correctas.

Y es que la Academia dio una solución salomónica al problema: la palabra presidenta pertenece al género femenino, mientras que presidente se puede usar para ambos géneros.

Así que mi sugerencia es que ya nadie haga berrinches, que con los elementos expuestos decida cada quien cómo le va a decir y que se respete al que elija referirse del modo opuesto.

Esto no se trata de una guerra entre conservadores y liberales; el asunto es si la palabra presidenta se usa o no. Y si está en el Diccionario desde 1803, eso significa que ya existía en el vocabulario desde algunas décadas atrás.

Cuando se admite una palabra en el Diccionario no es por ocurrencia de la Academia, sino porque llega un momento en que su uso es tan extenso y persistente, que debe incorporarlas.

No está de más que los detractores sepan que el uso de la expresión la presidente ha caído en desuso y se impone con mucho el uso de la presidenta.

De acuerdo con el Corpus de Referencia del Español Actual, en 94 por ciento de los casos se usa la presidenta, y solo en el restante 6 por ciento se utiliza la presidente.

Termino con una invitación: quien nunca use en su vocabulario las palabras sirvientaclienta o pretendienta, que tire la primera piedra.

Les dejo las palabras que ya fueron sujetas a la feminización, es decir, a la acción de dar género femenino a un nombre originariamente masculino o neutro: acompañantaasistentaayudantaclientacomediantadependientafarsantagerentagigantaintendentamendigantanegociantaparturientapenitentapostulantapracticantapresidentapretendientaprincipiantaregentasirvientatenienta y vicealmiranta.

(Source: http://horrografia.wordpress.com/2012/03/29/la-palabra-presidenta-dos-siglos-de-vida-y-resistencia/)

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¿De dónde salió aquello de “n, s o vocal”?

Por Zazil-Ha Troncoso

¿De dónde salió aquello de “las que terminan en ns o vocal” como criterio básico en la acentuación de las palabras?

Para poder explicar por qué se aplica esa pauta que a manera de tonada nos inculcan desde pequeños en la escuela, antes debemos entender varios aspectos relacionados con la acentuación, partiendo de que si digo acento será para referirme al hablado, y tilde para aludir al escrito (´).

Lo primero es que si bien la mayoría de las palabras tienen una sílaba que destaca en su pronunciación, hay algunas que son átonas, es decir, sin acento, como las preposiciones -excepto según-, los artículos y los pronombres, de lo cual es posible percatarse si los juntamos con otras palabras.

Pongamos el caso de la preposición desde, donde claramente ubicamos que la sílaba tónica es la primera: DESde.  Pero al ligarla con otra palabra, pierde el acento. Prueba leyendo en voz alta: desdepeQUEña

Agreguemos un pronombre: desdepeQUEñamegusTAba. Y ahora, un artículo: desdepeQUEñamegusTAbalaCAsa. Como puedes apreciar, ni la preposición desde, ni el pronombre me ni el artículo la son tónicos.

Lo segundo es que el acento es relativo, como pasa con la palabra MIENtras, que pierde lo tónica en la frase mientrasTANto. O esta el caso de MaRÍa, con su acento muy marcado en la i, pero muy debilitado  si va seguido de otro nombre: MaríadoLOres.

Precisados ambos puntos, ya podemos decir que la función de la tilde no es distinguir entre palabras átonas y tónicas, puesto que si así fuera, entoncespequeñagustaba y casa lo llevarían, al igual que mientrastanto yDolores, pero no es así.

Entonces, ¿por qué no llevan tilde si son tónicas? Simple: porque las reglas que nos dicen cuáles palabras deben llevarla aplican el llamado principio de economía, es decir, están estructuradas de modo que se tilde el menor número posible de vocablos.

De acuerdo con la Ortografía de la lengua española, para el siglo XVIII, después de que fuera casi inexistente, el uso de la tilde como indicador de la sílaba tónica se había vuelto una práctica generalizada.

La situación obligó a que interviniera la Real Academia Española y estableciera reglas para que la tilde se ajustara a dicho principio y no degenerar en una tildadera sin ton ni son.

Si queremos entender qué es el principio de economía aplicado a la tilde, es preciso saber que la mayor parte de las palabras del idioma español son graves, en mucho menor medida, agudas, y muy pocas son esdrújulas.

Empecemos con las más abundantes: las graves. Dentro de este grupo de palabras, que se acentúan en la penúltima sílaba, la mayoría terminan en ns ovocal, entonces, para evitar tantas tildes, la Academia estableció que solo la llevaran las que se salían de esa pauta, es decir, las que no tienen esas letras al final.

De ótro módomúchas palábras llevarían tíldes y entónces la lectúra se haría muy pesáda al saturárse los ójos con tánta rayíta, y no digámos loterríble que sería la escritúra para tódos nosótros, ¿compréndes?

Y pasó a la inversa con las agudas, que se acentúan en la última sílaba y la mayoría terminan en letras diferentes a ns o vocal, por lo cual se determinó tildar justamente las que terminaran en esas letras.

Si no, la verdád es que escribír, al iguál que leér, no sería un placér, sino unacontrariedád por no podér parár de tildár. Sin dudár, sería fatál. ¿Te creerías capáz?

Respecto a las esdrújulas y sobresdrújulas, son tan pocas que se decidió que todas llevaran acento sin importar en qué letra terminen.

Y en cuanto a las palabras de una sílaba, se optó por no tildarlas en primera porque son muchas, y en segunda, porque sería obvio dónde quedaría la tilde, y por tanto, el acento, de ahí que solo se aplica en algunos casos con función diacrítica.

En conclusión, las reglas de acentuación permiten saber cómo se pronuncia una palabra desconocida, ya sea porque lleve tilde, o porque no la lleve y según su terminación podamos deducir qué sílaba es la tónica.

¿Difícil de entender? También es difícil de explicar, pero confío haberlo conseguido.

(Source: http://horrografia.wordpress.com/2012/04/19/de-donde-salio-aquello-de-n-s-o-vocal/)

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